sábado, 21 de abril de 2018

El hombre que saludaba

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Es una tarde de sábado. El otoño llegó hace casi un mes, y aunque es notorio el descenso de la temperatura, el sol se niega a irse.

Sales de tu casa, vas a ir a la tienda de la esquina, es una compra rápida que debería desarrollarse sin mayor novedad.

Debería...

Abres la puerta de tu edificio, pones el pie en la vereda y al levantar la cabeza ves a un hombre que camina por la acera del frente. Camina con paso seguro. Va vestido de manera muy informal. Le calculas unos 30 años.

Voltea la cabeza, te ve salir. Mirándote dice "hola" y con una mano levantada acompaña el saludo. Sin dudarlo, le dices "hola".

Te sonríe. Le sonríes.

Levanta la otra mano, donde lleva una lata dorada. A todas luces es una cerveza. Te hace el gesto de brindar contigo desde la acera del frente.

Le dices "¡salud!". Él se ríe.

Luego, siguen sus respectivos caminos.

viernes, 13 de abril de 2018

Misterio crochetero

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Una lectora habitual me hizo llegar esta historia de un misterio más de tantos que todos vemos a cada rato en nuestras casas.
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Hace un tiempo, tejí dos redondelitas en crochet, una azul y otra blanca, de unos 10 cm.de diámetro, y las tenía en una mesita cerca de la ventana que da al patio interior de la casa. Una mañana, en el momento de limpiar la mesita, los dos tejidos se me cayeron al patio. En ese momento no los recogí y me olvidé del asunto.

Más tarde, salí al patiecito pero solo encontré la redondelita blanca, no la de color azul. No le di importancia. ""stará debajo del televisor colocado debajo de la ventana", pensé.

Así pasaron varios días, hasta que tuve que mover el televisor para barrer y limpiar, y ante mi sorpresa no encontré ahí el tapetito azul. Miré, jalé, busqué, salí al patio, miré por todos lados... y nada.

La redondelita azul se ha hecho humo, desapareció. Se cayeron las dos ante mis ojos y solamente encontré una. No es cosa de broma, yo sigo buscando.

Estoy pensando que este es un caso similar al de las medias que desaparecen misteriosamente y luego aparecen en un cajón olvidado. Es muy probable que uno de estos días encuentre el tapetito azul en el lugar menos pensado de la casa.

¿Será?

martes, 3 de abril de 2018

Confianza relojera

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Me encantan los relojes. Tenemos una larga historia en común. Quienes me conocen, lo saben bien. Deben ser relojes de manecillas, pues los digitales no tienen el mismo sabor. No es lo mismo ver una esfera con los números bien dispuestos, o un punto que los representa, que leer en una superficie plana números luminosos que hasta ahora no entiendo cómo se sostienen.

Es fácil imaginar que tengo más de un reloj. Es una colección variada, donde el único requisito son las tres B: bueno, bonito y barato. Por eso, nunca caen mal las ofertas que suelen aparecer de vez en cuando con los diarios, gracias a las cuales puedes acceder a reloj por un pago bastante razonable. Desde días antes, los diarios promocionan los modelos y las fechas en que van a salir como para que los lectores se programen.

El quiosco a una cuadra de mi casa es un punto de reunión importante. Tato, el dueño del negocio, es todo un personaje. Sin moverse de su puesto conoce la vida de todos los vecinos a tres cuadras a la redonda. Para asegurarme el reloj previamente elegido, le pago por anticipado a Tato para que me lo separe.

El sistema nunca había fallado hasta hace pocos días. Por alguna razón, alguien le compró dos relojes, uno más del originalmente previsto. Chau, reloj. Tato me ofreció pedir otro y reemplazar el faltante, pero no me pudo decir cuándo lo tendría. Yo decidí esperar.

A los pocos días de eso, caminaba por la avenida Larco un martes muy temprano cuando, en un puesto de periódicos al lado del cual me paré para esperar el cambio de luz del semáforo, vi el reloj esperado. Esperando. Esperándome.

Le pedí al dueño del puesto verlo más de cerca, me lo entregó a la vez que me dijo el precio, que yo ya conocía. Mi respuesta fue "me lo llevo", y al abrir mi billetera, vi que tenía un billete muy grande y uno muy chico que no cubría el total. El hombre no tenía vuelto del billete grande, pero al ver el billete chico me dijo: "deme este billete y después me completa lo que falta".

No podía creer lo que acababa de oír: ¿un vendedor le decía a una transeúnte desconocida que le pagara después?
- Yo confío. Además, yo la veo pasar por acá con mucha frecuencia.
- Ay, señor, no... A mí no me gusta deber.
- Y a mí no me gusta que me deban. Pero confío en usted.

Esa señal de confianza me subió los ánimos, y me movió a rebuscar en todos mis bolsillos. Saqué todas mis monedas, las apilé una por una y con la última que tenía, completé el precio. Le entregué todo al señor, nos reímos, nos dimos mutuas gracias y seguí mi camino.

Ahora, cuando paso cerca de su puesto, nos saludamos. Y si estoy en la acera del frente, levanta la mano y me saluda a la distancia.

domingo, 25 de marzo de 2018

De corvas y un libro fucsia

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Esta historia involucra un libro fucsia, un andén, una coincidencia y un recuerdo.

Estaba en primero de secundaria. El libro de Literatura que usamos ese año era de una editorial argentina. La carátula era de color fucsia.

Ese día, la miss Silvia leía la historia de un hombre que caminaba triste por un andén. La narración era de esas que dejan todo a la imaginación del lector, para que saque sus propias conclusiones a partir del relato. De las palabras del hombre, narrador en primera persona, se entendía que dejaba atrás recuerdos de un pasado reciente triste del que no quería saber nada. Se iba. Se iba lejos. Se iba lejos y sin pasaje de vuelta.

Paseaba el hombre ansioso en el andén, a la espera del tren que lo llevaría lejos de la situación de la que se quería alejar. Miraba el reloj casi a cada minuto. En su paseo por el andén, en su andar distraído y ansioso, la maleta le golpeaba las corvas.

"Las corvas son la parte de atrás de las rodillas", interrumpió miss Silvia su lectura para darnos una definición casi al vuelo, como quien no quiere la cosa. Sin más ceremonias, siguió leyendo.

Desde ese día, nunca olvidé que las corvas son la parte de atrás de la rodilla.

Años, muchos años después, en una de tantas conversaciones triviales con mi hermano, la palabra "corva" salió a relucir. Yo le dije, casi sin pensar, como un acto reflejo:
- Las corvas son la parte de atrás de las rodillas.
- Ajá. ¿Sabes dónde aprendí eso?

Y los dos dijimos a la vez: "en el libro fucsia de Literatura de primero de secundaria".

Cómo nos reímos ante esa coincidencia.

domingo, 11 de marzo de 2018

Incidente universitario

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Era día de entrega de exámenes parciales. El profesor lo había anunciado un rato antes, al final de la clase de ese día. Así que los alumnos se arremolinaron adelante, rodeando al profesor, que de no ser por su estatura, hubiera terminado tragado por esa jauría de universitarios ávidos de saber sus notas.

El gentío había ido disminuyendo a medida que la entrega de exámenes avanzaba.

Cuando quedaban poco más de diez personas, una alumna que estaba a centímetros del profesor le susurró a otra que estaba a su lado:
- Mírale los labios -en obvia alusión al catedrático que tenían delante. Este profesor sobresalía por su estatura, sus ojos azules, pero sobre todo por el color rojizo de su cabellera, por lo que su apodo era Erik el Rojo.

La segunda miró, pero no vio nada especial, así que volteó hacia la primera y le dijo, en voz igualmente baja:
- ¿Y qué?
- Que le mires los labios.
- Ya, ¿y qué?
- ¡Mírale los labios!

A esas alturas, las voces no susurraban.
- ¡Y que tienen!
- ¡Que tienen pecas!

No bien terminó la primera de gritar su respuesta cuando las dos se dieron cuenta de que el volumen de sus voces había alcanzado a todos los presentes, incluido el dueño de los labios pecosos. Como un reflejo, las dos levantaron la vista al profesor, que las miraba entre divertido y azorado. Evidentemente, sabía que hablaban de él.

Para rematar la escena, todo ocurrió en el preciso instante en que el profesor extendía la hoja de examen a la segunda alumna, que con las justas atinó a tomar el papel y salir sin mirar atrás. Ya afuera, arrancó a reír, y más cuando vio que tenía un honroso 19(*).

Seguía riendo cuando vio salir a su interlocutora, seguida del profesor, que las miró a ambas, les guiñó un ojo y bajó las escaleras.

(*)En el sistema educativo peruano, la máxima calificación es 20.

miércoles, 28 de febrero de 2018

Entre máquinas

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Este relato me lo mandó alguien que conozco y, a su pedido, lo publico en este blog.
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Miro a la niña de 10 años, escribiendo en el celular de su mamá con los pulgares. Los deditos se mueven velozmente sobre el alfabeto desplegado en la parte inferior del aparatito. Y ya está. Envió su correo o su WhatsApp.

Y yo pienso... tenía ocho años cuando mi papá me enseñó a escribir a máquina con los diez dedos. A S D F G (mano izquierda) Ñ L K J H (mano derecha). Y luego el resto del teclado, con las letras ocultas con papelitos pegados para no hacer trampa.

Por escribir muy rápido a máquina conseguía trabajos fácilmente. Era experta en hacer cuadros y listas. Llegué a trabajar en una máquina a la que llamábamos "la pulguita", porque tenía caracteres muy chiquitos y permitía colocar más columnas, ideal para balances de contabilidad. 

Había concursos de "la mecanógrafa más rápida del año". Aunque, a decir verdad, nunca me animé a concursar.

Todo eso quedó, literalmente, en el siglo pasado. Las máquinas de escribir, son reliquias históricas. Solo se necesita la punta de los pulgares para escribir y enviar mensajes. En verdad, todo es más fácil ahora y ya es tiempo de adaptarnos a nuestra realidad.

Pero no puedo evitar sonreír y lanzar un suspiro cuando veo que la niña de 10 años envía sus mensajes por WhatsApp, con fotos además, como la cosa más normal y fácil del mundo.

No sabemos que vendrá después, a lo mejor bastará con pensar en alguien y zas, le envías un mensaje telepático. ¿Será?

Te invito a leer mi más reciente publicación en Global Voices. Vaya si el fútbol genera pasiones en el Perú.

domingo, 18 de febrero de 2018

Boccato di cardinale

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En la Lima de la década de 1950, había un grupo de universitarias venidas todas de provincia. Vivían en Lima solas, sin su familia, en una pensión estudiantil regentada por monjas. No era una casa, es verdad, pero al menos estaban acompañadas, casi todas estudiaban en la misma universidad, por lo que iban y venían juntas a clases.

Las chicas tenían una rutina bastante parametrada, pues se levantaban temprano, y tomaban desayuno temprano. Si por alguna razón se retrasaban al desayuno, debían tomarlo frío pues no habría nadie dispuesto a calentarlo, ni a servírselo especialmente cuando ya las demás se hubieran ido. Igual era en la noche, debían llegar antes de las 9:00 pm o se quedarían a pasar la noche fuera. Era lo que decía pero nunca averiguaron, porque nunca ninguna llegó después de esa hora.

Pero que no se crea que las chicas lo pasaban mal. Esa convivencia forjó fuertes lazos de amistad que continúan hasta la fecha.

En esas idas y venidas, las chicas recorrían el barrio cercano a su pensión. Sabían qué tiendas tenían cerca y conocían quienes atendían ahí.

Sobre todo en la panadería.

El panadero del barrio era un italiano emprendedor que, supongo yo, vino de su país natal después de la guerra. Me pregunto cómo habrá sido su camino y cómo terminó aquí, pero esa historia no es motivo de estas líneas.

El italiano atendía solo su negocio, que era un negocio más de los varios que servían al barrio. Pero dejó de ser un negocio más cuando el hermano del panadero llegó de Italia a trabajar con él.

El nuevo italiano del barrio alborotó a las chicas de la pensión, que de la noche a la mañana desarrollaron un creciente gusto por el pan recién horneado, y por el 1.80 m, los ojos azules y el pelo rubio que iba detrás del pan. Por la manera en que describen al entonces recién llegado, fue comprensible el alza en las ventas que tuvo la panadería. De un momento a otro, se convirtió en parada obligada de las universitarias pensionistas en su camino de ida o vuelta de clases.

El pan era lo de menos, lo importante era echar un vistazo al dios del Olimpo romano que había aterrizado en su vecindario. Bueno, el pan era lo más importante, pues era la excusa para cruzar poco más de tres palabras con este Apolo, un diálogo corto por su propia naturaleza y porque el limitado conocimiento de la lengua castellana del panadero no permitía más.

A ellas, eso les bastaba.

Las universitarias terminaron sus carreras, algunas regresaron a su lugar de origen, otras se casaron y algunas más se fueron del país. El hecho es que de ese grupo, ya ninguna quedó en la pensión y le perdieron la pista a las calles por donde habían caminado durante años, italiano incluido.

Años después, muchos años después, una de esas universitarias supo que un compañero de trabajo vivía frente a la antigua pensión que la albergó a su llegada a Lima. Con curiosidad, preguntó por la pensión, y la respuesta fue que seguía recibiendo a estudiantes de provincia.

Se acordó del Apolo que había hecho que ella y sus amigas se aficionaran tanto al pan en esos años, y preguntó si el negocio seguía por ahí. No se aminó a preguntar directamente por el italiano de sus recuerdos:
- Claro, es donde compramos el pan nuestro de cada día. El dueño es un italiano mal hablado que debe pesar como 200 kilos --respondió el hombre entre risas.

viernes, 9 de febrero de 2018

La mirada indiscreta

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Otra vez llegó tarde a clases. Ya casi a mitad de carrera, podía contar más las veces que llegó a tiempo que las veces que llegó tarde a la clase de las 7 am. Vivía a menos de diez minutos de la universidad, y sin importar lo que hiciera, le era imposible llegar a tiempo. Admitía con vergüenza que no entendía cómo otros que debían atravesar media ciudad lograban estar en clase puntualmente, mientras que para ella era misión imposible.

Esa mañana de martes de invierno entró, buscó el primer lugar vacío que encontró hacia la mitad del salón, no muy lejos de la puerta. Sin hacer mucho aspaviento se sentó. Miró el reloj, la clase había empezado hacía casi 20 minutos.

Empezó a mirar a un lado y al otro a ver si lograba captar la atención de alguna cara conocida, alguien a quien pedir con señas que le indicara qué habían hecho, cuánto habían avanzado. Sus amigos ya sabían de sus tardanzas y estaban acostumbrados a dejarle leer rápidamente los puntos tratados para que no estuviera tan perdida.

Esta vez, sin embargo, todos estaban muy adelante, todos le daban la espalda. O se concentraba y trataba de entender desde donde había llegado o se iba a sentir perdida el resto de la hora. Decidió atender y sacar provecho de su presencia en el salón.

De repente, a su derecha, notó una mirada insistente. Levantó la vista y lo vio. Sentado delante de ella, en la fila del costado, un chico volteado a medias le decía algo que ella no lograba entender. Él insistía, se señalaba la oreja, le sonreía. Aunque seguía sin captar el mensaje, le devolvió la sonrisa.

De rato en rato, el chico volteaba y la miraba, pero ya no le hacía más gestos. Ahí fue que ella se dio cuenta de algo y pensó que este chico había elegido un muy mal momento para llamar su atención. Atender la clase pasó a segundo y hasta tercer plano, ahora lo único que le interesaba era recordar el nombre de su inesperado, madrugador y puntual admirador. Lo había visto muchas veces en los ciclos anteriores, pero nunca había prestado atención a su apellido cuando pasaban lista.

Así pasó la clase, de la que entendió poco y mal. "No importa", pensó, "le pediré el cuaderno a cualquiera, me pondré al día en un ratito y pediré detalles de lo que no entendí". Y de paso, preguntaría entre sus amigos el nombre de este chico que se pasó la clase entera volteando solamente para mirarla.

Después pensaría cómo abordarlo. Uno no se pasa media clase con el cuello volteado hacia atrás si no hay algún interés. Ella misma estaba interesada ya, aunque jamás se lo hubiera imaginado horas antes.

Cuando el profesor dio por terminada la clase, logró saludar de lejos a dos amigas que estaban sentadas adelante y sin mayor trámite, salió corriendo al baño.

A la entrada del baño, al pasar al lado del inmenso espejo que precede a los recintos privados, a la volada, vio una imagen que la hizo retroceder sobre sus pasos con horror. Ya puesta delante del espejo, al ver su imagen completa se dio cuenta: en su prisa por salir de casa y no llegar tan tarde, se había olvidado completamente de sacarse el rulero que siempre se ponía al lado derecho, para domar ese mechón rebelde que parecía tener vida propia y que todos los días se iba para donde quería y que a veces, ni con el rulero lograba dominar.

domingo, 28 de enero de 2018

Milagro de San Judas

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Imagínate un pueblito de provincia en la década de 1940. Imagina que en ese pueblito debía haber, a la fuerza, una o varias costureras que se encargaran de confeccionar la ropa a los demás habitantes del lugar, sobre todo, a las mujeres.

Tomemos a una de esas costureras. No solamente era conocida porque se encargaba de los vestidos de muchas de sus amigas, y vaya que tenía amigas. También era conocida por ser amable, atenta, por preocuparse de los demás. Ella y su esposo eran padrinos de prácticamente todos los niños del pueblo.

Esta costurera amable, atenta y preocupada por los demás, a quien llamaremos Rita, era casi autodidacta de la costura. Lo más admirable era que podía sacar los modelos con verlos en una foto, prácticamente sin molde o patrón que guiara su mano, y su pie, cuando cosía.

Con el producto de sus costuras ayudaba en la economía de su casa. Si bien no pasaban estrecheces, un extra nunca viene mal.

Entre encargo y encargo, mientras tomaba medidas y decidía con la clienta en qué modelo de vestido quería transformar la tela que le entregaban, imagina horas de largas conversaciones entre risas y confesiones. Ya sabemos eso de "pueblo chico, infierno grande".

¡De cuántas cosas se enteraría Rita en esas sesiones de toma de medidas!

Un día, llegó una señora a encargar un vestido. Le habían mandado de regalo una tela fina, muy cara, muy bonita, para que se hiciera ropa especial para el matrimonio de su hija. Emocionada, feliz llegó a la casa de Rita con la preciosa tela. Entre las dos, eligieron el modelo y fijaron el plazo para la primera prueba.

Llegó el día de la prueba, y todo marchaba sobre ruedas. Fijaron fecha para la prueba final y probable entrega. Todo a tiempo para el matrimonio.

Ya cuando Rita había cosido definitivamente la tela, cuando ya había retirado los hilos provisionales que siempre usaba como guía, procedió a hacer los cortecitos que siempre hacía en sus obras, Un corte mínimo en el punto exacto donde la cintura se ensancha para dar paso a la cadera, esa parte donde es imposible disimular que algo sobra. Esos cortecitos eran casi el estilo personal de Rita...

Agarró la tijera, la colocó con cuidado en el lugar preciso y la cerró. Notó para su horror que, sin saber cómo, le falló el cálculo y que terminó cortando más de la cuenta. El vestido quedó con un hueco. A la hora de que la clienta se pusiera el vestido del cual estaba tan orgullosa, se abriría un agujero indiscreto que dejaría ver sus carnes.

Pobre Rita, cómo se habrá desesperado. No tenía cómo solucionarlo. Ni siquiera podía comprar otro trozo de tela y rehacer esa parte porque la clienta no la había comprado en ese pueblo.  Pedirle a la clienta que rebajara esa parte de su anatomía tampoco era opción. Después de llorar y lamentarse, Rita recurrió a quien nunca le fallaba. Así fue que comenzó a rezarle, a implorarle a San Judas Tadeo, el santo de las causas imposibles.

No pudo rezar mucho, pues la fecha fijada para la segunda y definitiva prueba era esa tarde. No había más remedio que contarle la verdad a la clienta, a riesgo de perder mucho más que el pago por su trabajo.

Con el corazón acelerado y al borde del llanto, le abrió la puerta a la clienta cuando llegó a su prueba. Con la cabeza gacha, Rita estaba empezando a murmurar las explicaciones casi sin voz, cuando la clienta le dijo emocionada: "Señora Rita, ¡no sabe lo que me ha regalado mi hija!", mientras sacaba de su cartera algo que Rita no logró distinguir bien.

Era una faja que ayudaría a la clienta, la madre de la novia, a tener una mejor figura en ese día especial. "Va a tener que meterle al vestido para que se ajuste a mis nuevas medidas", anunció la clienta con ojos traviesos, en medio de risas.

La clienta contaba lo feliz que estaba por la faja, pero Rita no la oía. Estaba recuperando el aliento y tratando de dejar de temblar. Entonces volteó a darle las gracias por el milagro concedido a San Judas Tadeo. Desde lejos, el santo patrón de las causas imposibles pareció asentir levemente.

lunes, 22 de enero de 2018

Recordando reglas de tránsito para peatones

Hoy tuve dos largas caminatas, lo que me dio la oportunidad de comprobar, una vez más, que los peatones también deberían tener reglas. Entonces recordé esta entrada sobre reglas de tránsito para peatones que publiqué hace cinco años ya.
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Definitivamente, creo que debe haber reglas de tránsito para peatones. Lo considero justo y necesario.

Las personas que caminan lento tienen todo el derecho de caminar lento... lentísimo si así lo quieren. Y nadie debe apurar su paso. Pero las personas que caminan lento no tienen derecho a retrasar a los que caminan más rápido. A los que caminamos más rápido.

En nuestras pistas, el carril derecho es para la marcha a menor velocidad. Imagino que en los países con circulación inversa, como en Inglaterra, el carril para la marcha a menor velocidad es el izquierdo. Sea como sea, los autos que avanzan sin apuro tienen un lugar previamente establecido por donde deben ir.

Lamentablemente, no ocurre lo mismo con las personas.

Imaginemos una situación cualquiera. Vas caminando por la calle a buen paso y sin problemas hasta que te topas con un andante lento. Qué fácil sería poder rebasarlo por cualquiera de los lados, pero no se puede, pues resulta que el 99.99% de los andantes lentos avanzan trazando trayectorias en zigzag. Entonces, cuando llega el segundo de oro, el instante en que (¡por fin!) vas a poder dejarlo atrás adelantándolo por la izquierda, el buen señor, casi intuyendo tus intenciones, cambia de rumbo y emprende la marcha exactamente por donde lo ibas a pasar, en la exacta décima de segundo en que esa absurda competencia sería cosa pasada.

Otros son los que caminan con paso cansino en pares, o (¡peor!) en grupos. En esos momentos, la famosa melodía de Lalo Schiffrin resuena dentro de mí con un volumen que aumenta a cada paso. En ese momento, me quedan dos opciones: esperar con paciencia que el par o el grupo tome un rumbo diferente o bajar a la pista y adelantarlos por ahí.

Casi siempre elijo la segunda opción. Y los andantes lentos casi nunca se dan por enterados.

Por si acaso, no crean que cuando hablo de andantes lentos me refiero a personas mayores. No, absolutamente no. Casi siempre son muchachos que parece que nacieron cansados porque se toman su tiempo para todo... pero seguramente son incapaces de esperar más de dos segundos para recibir una respuesta a un mensaje de chat. Ahí sí quieren todo veloz.

De más está decir que, una vez que logras pasar al andante lento, muchas veces te viene con la preguntita: "¿estás apurado?". No saben cuántas veces he debido reprimir la tentación de retroceder lo que tanto me costó avanzar y decirle "sí" y seguir mi camino sin lentos por delante.

jueves, 11 de enero de 2018

Caja de sorpresas en un taxi

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Alguien que lee este blog asiduamente me hizo llegar esta historia. La publico aquí con su autorización.
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Salí temprano de casa y tomé un taxi para ir a realizar un trámite. Mientras íbamos avanzando, el taxista, un señor gordo y muy sonriente, me dijo de pronto: "señora, reconozco su perfume, solamente lo venden en una tienda". A continuación, me dijo la marca y el lugar exacto de venta del perfume.

Me quedé muy sorprendida porque esa colonia es poco conocida, no se encuentra en farmacias ni centros comerciales y efectivamente, hay que ir a buscarla a un lugar especial que, felizmente, me queda cerca de casa.

¿Cómo sabe eso?, le pregunté. "Porque tengo buen olfato", me dijo. "Ah, y también tengo buen oído", agregó. "Mire, yo he tocado con Paco de Lucía". Luego, en un celular buscó y dejó escuchar una guitarra como la del famosísimo guitarrista español del flamenco. Vi la imagen y el que tocaba era el taxista, con menos años de edad.

El hombre me siguió contando: "También he tocado con Óscar Avilés", con evidente orgullo al mencionar a quien es considerado el mejor guitarrista de música criolla peruana. Volvió a buscar en el celular y comenzaron las inolvidables notas de esos valses que están en el ADN de todos los peruanos. Con ese especial acompañamiento, el taxista se puso a cantar y yo, por supuesto, me contagié del entusiasmo musical y canté también el vals que tocaba la guitarra del gran Óscar Avilés.

Así, en un viaje totalmente fuera de lo común, con sorprendente conversación y buena música, llegó el taxi a mi destino. Terminó el viaje, nos despedimos y vi partir al señor gordo muy sonriente y agitando la mano.

Así fue que una mañana gris de verano se pintó de perfumes, canciones y recuerdos.