lunes, 13 de febrero de 2017

La vida simple

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Otra vez, publico un texto que me envió alguien que lee este blog y se animó a mandar recuerdos de la vida simple.
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Tienen sus casonas bellas
Las puertas de par en par

Así reza el hermoso vals de Chabuca Granda, "Zeñó Manué". Y así también estaban las puertas de las casas en mi amado y añorado pueblo, siempre abiertas de par en par. Y cuando llegaba un familiar o una visita, se anunciaba con un golpe de nudillo y con un típico "uu-uu", mientras ingresaba al interior sin más esperas. Porque sabía que iba a ser recibido con sincera y cariñosa bienvenida.

En las noches calurosas del eterno verano tropical, las familias colocaban sillas y mecedoras junto a la puerta de calle, al borde de la vereda, para recibir el fresco, comentar las ocurrencias del día y saludar a los amigos que pasaban por el lugar.

Mi casa quedaba al lado del único cine del pueblo, y era inevitable el paso de los espectadores cuando entraban o salían de las funciones vespertinas o nocturnas. Algunos amigos se detenían un momento para saludar o cambiar impresiones sobre la película que acababan de ver.

Pero cuando menos se esperaba, como suele suceder en la zona amazónica, se desataba una lluvia torrencial que podía durar una hora o toda la noche. Entonces había que entrar a la carrera a la casa, guardar sillas y mecedoras y cerrar puertas y ventanas. Cómo olvidar esos tiempos, esa vida sencilla y sin malicia, la vida simple, las puertas de par en par.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Accidentado examen

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Esta historia ocurrió hace años, cuando estaba en la universidad. Quien protagoniza los hechos ha autorizado que los cuente, con la condición de ocultar su verdadera identidad, por lo que se le conocerá como R. Aquí va su historia.

Casi a mitad de carrera debíamos llevar el curso de Derecho de Familia. El profesor era un abogado bastante joven, tenía dos años más que sus alumnos. Era jovial y dado a la broma fuera del salón, aunque durante las clases nos trataba de usted y nos decía doctores, como se acostumbra decir a los abogados en estos lares. Nosotros éramos más irreverentes, lo tuteamos desde el primer día de clases.

Resulta que R siempre sacaba buenas notas en las prácticas semanales de Derecho de Familia. Nunca menos de 18*, por eso cuando en el examen parcial sacó 14, al profesor debe haberle extrañado. A mitad de ciclo, un profesor ya tiene una idea bastante clara del rendimiento de sus alumnos, al menos es lo que creo.

El día de la entrega de notas, el profesor llamó a R a un costado y le preguntó por qué había sacado una nota menor al promedio acostumbrado en las semanas previas. R no contestó. El profesor insistió, R respondió con evasivas. Por tercera vez, el profesor quiso saber si R estaba pasando por algún problema personal y hasta le ofreció ayuda. R se sintió mal ante tanta preocupación y confesó la verdad:
- ¿Sabes qué? Lo único que quería ese día era entregar el examen y salir.
- Sigo sin entender...
- Es que no me aguantaba las ganas de ir al baño.

El profesor estalló en la carcajada más sonora que se había escuchado nunca en los pasadizos de la facultad de Derecho. R notó que todos sus compañeros voltearon a ver qué pasaba, pero a esas alturas ya se había unido a las risas del profesor:
- ¿Y por qué no me pidió permiso para salir? -preguntó intrigado el profesor.
- Porque pensé que no me ibas a dejar, que pensarías que iba al baño para copiar alguna respuesta.
- De ti no lo hubiera creído jamás -contestó muy en serio pero sin dejar de reír.

Así pasó el resto del ciclo en el que R siguió cosechando notas altísimas en las prácticas semanales. Hasta que llegaron los exámenes finales, que serían orales. R entró en el último grupo de ese día, compuesto por ocho personas. Al ver a R, el profesor dijo:
- Doctores, si alguien tiene alguna necesidad fisiológica en el transcurso del examen, siéntase en libertad de pedir permiso para salir.

R no se inmutó, pero entendió el mensaje. Sonrió en silencio.

El profesor repartió a cada uno un caso hipotético sobre el cual versarían las preguntas. R va al final, le tocó ser conviviente, no cónyuge, que tiene un restaurante compartido con su expareja, que ha abandonado el hogar común. R quiere reclamar la mitad de las ganancias del restaurante pues finalmente los dos han invertido y gastado en el negocio, y la pregunta concreta es "¿cómo probar el vínculo si la pareja ya se separó?".

R responde:
- Con estados de cuenta bancarios de ambos convivientes donde figura la misma dirección para los dos -dice, creyendo que lo sabe todo.
- Estamos en el Perú, mucha gente no confía en el banco, guarda el dinero en el colchón. No hay estados de cuenta.
- Mmm... Cartas, recibos de luz, de teléfono.
- No hay nada de eso, viven en una invasión de tierras en casas hechas por ellos mismos. Prácticamente no tienen servicios públicos.
- Con el contrato de alquiler del restaurante.
- No hay contrato escrito, todo fue de palabra -R tuvo en un instante un baño de realidad peruana.

R recurre a muchas otras soluciones que el profesor desvirtúa una a una, hasta que se le acaban las ideas y casi ya al borde de la desesperación, dice: "un momento, yo soy la persona del ejemplo, ¿no? ¡Pues yo sí guardo mi dinero en el banco, yo sí firmo un contrato de alquiler!".

El profesor soltó su ya conocida sonora carcajada y mandó a todos afuera del salón sin mayores detalles.

R pasó Derecho de Familia con un promedio de 19.

*En el Perú, la nota máxima es 20.

sábado, 21 de enero de 2017

Helado de piña

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La niña llega inesperadamente de visita un sábado de verano. A poco de haber llegado, se te acerca y te pregunta con ojitos pícaros:
- ¿Hay helado?- como sabe la respuesta, no espera para volver a preguntar-. ¿De qué sabores?
- Hay de cereza y de vainilla con fudge y bolitas de chocolate.

La misma mirada pícara te indica algo, y sin esperar palabra de su parte, le preguntas:
- ¿Quieres ir a comprar un helado?

Sus ojos se iluminan, no necesita decirte nada para que la escuches. Camina contigo hasta donde guardas las monedas y juntas cuentan. Le preguntas si seis monedas serán suficientes, ella te dice que alcanza de sobra, que siempre exageras. "Puede ser, pero es mejor que no falte", piensas.

Caminan los pocos pasos que separan la casa de la tienda, la dueña las saluda y ves a la pequeña que se apresta a escoger su helado:
- No sé si lúcuma o maracuyá -casi piensa en voz alta, mientras te mira pidiendo una opinión.
- A mí no me gusta ninguno, yo escogería el de guanábana.

No le convence tu preferencia, opta por el de maracuyá. Siguiendo una costumbre que no sabes de dónde adquirió, no agarra el helado que está encima sino que rebusca y saca uno de más abajo. A la hora de pagar, solamente necesitas dos monedas, y encima te dan vuelto. Ella te mira, y con sus expresivos ojos te dice claramente: "¿ves que trajiste mucho?".

Abre el helado, le da una mordida. Su cara te indica que le gusta el sabor de su helado amarillo. Te ofrece, y aunque no es un sabor que hubieras escogido, muerdes un trocito. No tiene el sabor ácido del maracuyá. Entonces, ella dice:
- Qué raro maracuyá, tan dulce...
- ¿Estás segura de que era maracuyá?

Miran la envoltura que acaban de soltar y que corona el basurero de la tienda. Entonces ven claramente la palabra PIÑA*, acompañada de un dibujo que no deja lugar a dudas.

*La palabra piña se usa en el Perú como sinónimo de mala suerte.

jueves, 12 de enero de 2017

La papaya delatora

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Más de una vez he contado en esta bitácora los recursos a veces no muy transparentes de algunos autoservicios para sacar una mayor provecho del cliente. Felizmente, hasta ahora no he caído en ninguna de esas trampitas... al menos, es lo que quiero creer.

Me pasó de nuevo pocos días después del cambio de año, en la que creo que fue mi primera vista de 2017 a un supermercado al que voy con mucha frecuencia porque queda muy cerca de la casa. Mi lista de compras era muy breve, y uno de sus puntos era papaya.

El precio de la papaya en Lima puede llegar hasta los cuatro soles por kilo. Eso es un poco más de un dólar. Como es una fruta muy popular y parte casi imprescindible de nuestros desayunos a lo largo de todo el año, las tiendas suelen ofrecerla a precio rebajado con mucha frecuencia.

Ese día, vi un cartel muy grande que decía: "PAPAYA, S/.1.99 kilo". Imposible resistirse cuando un artículo que prácticamente de todas maneras vas a comprar está a mitad de precio. Entre todas las papayas dispuestas de manera ordenada, agarré una que tenía el peso y el precio en una etiqueta autoadhesiva. En resumen, la información que contenía claramente visible era que esa papaya pesaba poco más de tres kilos, por lo que su precio total era algo superior a seis soles (algo menos de dos dólares).

Escogí las demás cosas de mi lista y me fui a la caja para pagar.

Por quién sabe qué circunstancia, la papaya fue lo primero que puse en la faja. Por quién sabe qué circunstancia, me quedé mirando para ver qué precio marcaba la pantalla de la caja cuando la cajera pasó el código de barras por la lectora. Y grande fue mi sorpresa cuando vi que aparecía en grandes y luminosas letras verdes que el precio por esa papaya se acercaba a los 12 soles. Prácticamente el doble de lo que marcaba la etiqueta autoadhesiva:
- Señorita, el descuento sale al final, ¿no? Cuando lleguemos al final de la cuenta, ¿no? -dije yo.
- ¿Descuento? -me contestó, sin saber a qué me refería.
- El descuento de la papaya. Mire el precio en esta etiqueta y mire el precio que su caja acaba de registrar.

Cuando vio la discrepancia, me preguntó de dónde había sacado esa papaya. Le contesté que del lugar de siempre, que encima había un cartelazo (recuerdo muy bien haber usado esa palabra) indicando el precio de la oferta. Desde donde estábamos los podíamos ver claramente, pero igual se lo señalé.

No había más que decir. Bueno sí, podía decir que ya no llevaba la papaya si la cosa era con trampa.

Entonces, la cajera llamó a su supervisora, que en esta tienda siempre está rondando las cajas. En verdad, son sumamente rápidas para solucionar las situaciones que se presentan en las cajas. La cajera le explicó lo que había pasado, la supervisora lo verificó con una rapidísima mirada y, sin dirigirse a mí en ningún momento, simplemente le ordenó a la cajera:
- Rebaja el peso de esta papaya todo lo que sea necesario para que coincida con el precio total que marca la etiqueta.

Dicho eso, se fue. La cajera hizo los cálculos en su caja y el precio que marcó al final, el que me cobró, fue exactamente el que aparecía en mi etiqueta: poco más de seis soles. Toda la operación que describo tomó varios minutos, y la demora no solamente fue para mí. Ya detrás en la cola había dos personas más. Así que no me pude resistir y dije:
- ¿Ya ve lo que pasa cuando quieren pasarse de vivos? Lo que normalmente toma segundos nos ha hecho demorar a todos.

La cajera no me miró, se limitó a decirme el total. Yo pagué y me fui. Pero no me fui propiamente, sino que busqué a el módulo de atención al cliente y le conté todo lo que acababa de pasar a la persona a cargo. Su respuesta fue que ya lo iban a solucionar porque otros clientes habían reclamado antes que yo.

Entonces me quedé pensando que fue una gran suerte haber elegido una papaya con el precio marcado. De haber agarrado otra cualquiera, sin precio, que es como suelen estar, tal vez ni hubiera notado la diferencia en el precio.